La preocupación en Arroyito no es exagerada ni oportunista: ARCOR registra una caída del 74% en sus ganancias, la más grande de su historia. No es un número frío. Es una sirena encendida en el corazón productivo del país.
El desplome del consumo interno y la pérdida brutal del poder adquisitivo no son estadísticas: son fábricas que se apagan temprano, changas que no alcanzan y mesas cada vez más flacas. Mientras tanto, los despidos crecen como sombra al atardecer y el mapa industrial se llena de persianas bajas: 30 industrias por día.
Desde la asunción de Javier Milei, casi 300 mil empleos se perdieron. No por una catástrofe natural, sino por decisiones políticas. No hay una sola medida que apunte a sostener la industria nacional. El rumbo elegido mira hacia afuera: endeudamiento, fuga, timba financiera. Hacia adentro, silencio y ajuste.
Cuando una empresa como ARCOR tambalea, no es solo una firma la que tiembla: es un pueblo entero, es una región, es un modelo de país el que queda en jaque.

Porque sin industria no hay trabajo, y sin trabajo no hay futuro. Y ese futuro, hoy, parece estar siendo rifado al mejor postor.



